CASA DE ANDALUCIA EN ZARAGOZA
EL MENTIDERO

EL MENTIDERO

EN LA VIEJA PLAZA

Con cuanto respeto pisé aquel día la plaza de Pignatelli. Me había sentado tantas veces en sus tendidos... pero entonces estaba comprometiéndome con ella, prometiéndole fidelidad y entrega como era menester entre los miembros del Cuerpo que, como yo,  prestábamos allí servicio.  Había entrado voluntariamente a engrosar las filas de un diezmado Equipo Gubernativo y a partir de entonces, hasta hoy continuo siéndole fiel igual que a mi profesión.

Han pasado más de treinta años desde el día en que debuté como Secretario de Actas y comencé a deambular por aquellos antiguos pero solemnes pasillos, dependencias, cuevas y sótanos. De alguno de ellos se decía que comunicaba directamente con el Hogar Pignatelli, hoy Gobierno de Aragón y otros decían que los pasadizos llegaban hasta la Aljaferia. Lo cierto es que eran bastante tenebrosos y nadie se aventuraba a bajar a las profundidades y menos escudriñarlas.

 Recuerdo aquellas obsoletas dependencias donde se sentaban en sus butacas de madera con toda solemnidad los dos veterinarios de toros: D. Clemente Sánchez Garnica y D. Emilio Ballesteros, dos instituciones en las cátedras de la Facultad de Veterinaria, junto con el Delegado Gubernativo, Francisco Villamayor. Ellos exclusivamente discutían sobre la aprobación o no de las reses a lidiar, como testigos: los secretarios de actas y los dos veterinarios de caballos.

¿Dónde estaba el Presidente?. Salvo excepciones, los presidentes no eran fijos como en la actualidad y tan solo acudían a la Plaza la mañana del festejo. Ejercían la presidencia los llamados Comisarios de Día a los que les correspondía servicio los domingos. Eran puestos al corriente de todo lo tramitado y actuado por el Delegado Gubernativo. Hay que aclarar que aunque no tuviesen afición, en nuestra Escuela de Formación teníamos que aprender leyes y reglamentos, y de entre ellos el Taurino, era uno de los importantes por ser de la Fiesta Nacional.

Añoro aquel hermoso corral donde descansaban los toros que previamente habíamos pesado, en compañía tan solo de la empresa. Entraban las reses por una manga curva, de una sola dirección que finalizaba en un cajón donde estaba la báscula. La salida la tenían que hacer de culo. Mientras, veterinarios  y Delegado contemplaban desde los burladeros las operaciones.

Era la época de los Pepitos, Cerdán, el corralero, que había sustituido a su tío Teodoro Lasanta y Gracia que había colgado los trastos y  ejercía de conserje y hasta hacia banderillas en su banco de madera. Para acceder a los corrales había que pasar por casa de Pepito Cerdán y en una de las habituaciones contiguas se agolpaban los aficionados las mañanas de corrida mientras olían o algunos incluso degustaban, los sabrosos guisos que cocinaba “La Ina”, mujer del corralero.

En aquel tiempo eran empresa los “Choperita” José Antonio y Javier Martínez Uranga. Guardo en mi memoria el recuerdo del “Bombero Torero” que cada vez que se anunciaba llovía de inmediato en Zaragoza. Abundaban las suspensiones y aplazamientos, las tardes de pisar el piso de la  plaza con los diestros para tomar una u otra decisión.  La Feria era mas corta pero no por ello los problemas eran menores. Los matadores locales que no estaban anunciados se pasaban el día en la plaza en espera de noticias, de una posibilidad para actuar en caso de caída de cartel de algún compañero y otro tanto sucedía con los subalternos.

Era la época dorada de Raúl Aranda, y también  de coetáneos suyos con menos actuaciones como Justo Benítez, “Cinco Villas”, “El Alba”, Juan Ramos…por entonces estaban aun en el escalafón inferior: “El Bayas”, Roberto Bermejo, Gabriel Lalana, “ Campillo”, Fernando Moreno, “Romito”, Carlos Jaime “Herrerín”, Antonio Castilla “Toñín”, Pedro Somolinos y otros que no recuerdo.

Las mañanas de corrida los caballos de picar se encontraban en las cuadras existentes en el patio que daba al Paseo de Maria Agustín por donde entraban los camiones. Entonces teníamos que sortear los caballos, uno por picador, eligiendo por orden de antigüedad y posteriormente precintarlos con un alambre atado en el cuello cerrado en un marchamo metálico aplastado con el alicate. Por la tarde, antes del paseíllo, se comprobaba que cada picador montaba el equino que había sorteado por la mañana y que los precintos estaban en su sitio. Eran tiempos gloriosos para “El Cani” y José Luis Gil Almenara “El Moreno”.

Cuando se habían finalizado las operaciones preliminares de la mañana, es decir el pesaje de caballos, su sorteo, el de petos, se había enlotado, sorteado y enchiquerado la corrida, todos en comandita, médicos, veterinarios, equipo gubernativo y aficionados, acudíamos a visitar a Máximo, al concesionario de la “Cuevita”. Entrábamos a la incomoda estancia hasta el  fondo donde nos recibía saludador y nos ofrecía por un módico precio el plato de potaje o arroz que acaba de cocinar y que degustábamos de pie regado con la correspondiente botella de mollate, teniendo como testigo a una exuberante señora que en un cartelón nos mostraba sus encantos vestida tan solo con su piel natural.

La tarde se iniciaba con gran expectación pues el paseíllo entonces se hacia por el patio de la calle Pignatelli puesto que la Presidencia estaba situada enfrente, junto al Palco de Diputación, justo al lado de donde se ubican los timbaleros. Era espectacular y no carente de riesgo para los viandantes y curiosos ver el desfile de los caballos por la calle Gómez Salvo hasta el portón de  cuadrillas. Tenía sabor y  tipismo contemplar  como el gentío se agolpaba para ver a los toreros en la calle. Antes del paseo, entre nuestros quehaceres estaba el de recoger en la enfermería los partes facultativos de los diestros que inexorablemente tenían la obligación de visitar  la “malévola” dependencia donde el Dr. Valcarreres les justificaba médicamente que podían hacer uso del estoque simulado durante la lidia.

Sobre la enfermería se encontraba la Capilla, en cuya hornacina central se veneraba una hermosa Pilarica que había regalado Nicanor Villalta y unos angelotes que había donado Antonio Bienvenida. En sus reclinatorios por entonces muchos toreros se postraban a orar ante la Virgen. Hasta había un capellán fijo en la plaza que ocupaba una discreta localidad cerca de los médicos y más de una vez sus servicios espirituales fueron  solicitados por los heridos.

Justo al lado de la Capilla teníamos el despacho donde al acabar el festejo subíamos a confeccionar un fax escueto con las escuetas incidencias del festejo que era enviado a la Dirección Gral. de la Policía y redactábamos también un oficio mas detallado para el Gobierno Civil de la Capital. Elaborábamos un dossier no tan extenso como el actual pero mas costoso pues se hacia a mano o con maquina de escribir, no con ordenador. Para reseñar la edad de las reses se citaba siempre su dentición expresando si teñían los dientes permanentes completamente desarrollados, a mitad de desarrollo, caducos y cuantos de una manera u otra. Formula hoy en desuso.

 Y seguiría contando muchas cosas más sobre aquellas obligaciones, rituales, costumbres, vivencias al fin, que vivió en primera persona alguien que comenzó de Secretario de Actas, pasó a ser Delegado Gubernativo, mas tarde accedió a la Presidencia y hoy recuerda con nostalgia sus inicios en la vieja plaza, sus experiencias con personas, de las cuales algunas no están entre nosotros y quehaceres, muchos en desuso, que han formado parte de la historia y vida de la Misericordia, de sus mañanas y  tardes de Fiesta de los Toros.

 

                                                                                          Fernando Gª Terrel
                                                                                                              Para el Periódico:
                                                                                                         “Feria Taurina del Pilar”  
                                                                                                       Zaragoza, octubre de 2.007

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